No, yo más bien quisiera centrarme en ese falso patriotismo que destilan una parte demasiado grande de los deportistas. Y de cómo muchos de nosotros, aficionados pusilánimes y crédulos en este caso, caemos en la trampa y nos entra un hinflado, exagerado y desde luego nada merecido orgullo patrio cuando nuestros presuntos compatriotas deportistas consiguen algún triunfo.
No hay nada malo en desear el triunfo de alguien con quien compartes nacionalidad. Es lógico. Ante el aspecto teatral del deporte, el ver una competición con el deseo de que gane alguien, es normal decantarse por lo que tienes más cerca. Es lo más cómodo. En una tira de Mafalda, la niña se quejaba de que en el cole le pusieran por enésima vez una composición sobre “la patria” y aludía que si los argentinos amaban a Argentina por nacer en Argentina, los javaneses amaban a Java por nacer en Java, y así sucesivamente, la redacción podía llevar por título “patriotismo y comodidad”. Pues eso. Acabamos queriendo que ganen nuestros compatriotas porque es lo que tenemos más cerca, lo cómodo.
Pero de ahí a hinchársenos el corazón, a tener que desear el triunfo de estos deportistas sólo por compartir nacionalidad y a pensar que sus victorias nos hacen más grandes… en definitiva, a vincular orgullo patrio a hazañas deportivas… pues miren, respeto a todos aquellos que así lo sientan, pero no es lo mío. De ninguna manera.
En primer lugar, porque en algo tan pasional como puede llegar a ser el deporte, este sentimiento exacerbado puede llevar a actitudes irreflexivamente xenófobas, racistas e incluso violentas. Se acaba concibiendo la competición deportiva como una pugna entre naciones (o ciudades o regiones o comunidades si vamos a lo más local) donde se dirime una falsa supremacía. Mi país es mejor que el tuyo porque hemos ganado el mundial; qué grande es mi país, que uno de nuestros tenistas ha ganado Roland Garros. Y así ad infinitum. Y claro, para que tal “supremacía” exista, se llega entre el aficionado a la creencia de que todo vale. Se empieza asistiendo a espectáculos lamentables en las gradas, donde se insulta al rival por ser de tal nacionalidad o raza, y se pasa a sentir vergüenza por lo que se dice en los foros, en los debates… y se puede llegar a acabar en… bueno, no quiero ni pensarlo.
Y en segundo lugar, porque cuando tenemos esta actitud, cuando depositamos nuestro orgullo patrio en manos de estos señores y señoras, la pasión nos impide ver que ellos no responden a nuestras exigencias. Ellos, y que conste que no lo critico, no pelean por hacer mejor a su patria. Pelean por su triunfo, y consecuente remuneración económica, personal. Es lógico. Por lo menos hasta ahí.
Lo que no admito, y me incomoda hasta límites insospechados, es la hipocresía. La vacuidad de unas palabras falsas. Y puede que me equivoque y me deje llevar a veces por mis prejuicios y paranoias, pero no puedo evitarlo. Por ejemplo, cuando un futbolista habla de que lo máximo que hay es representar a tu país en una competición de selecciones, pienso en por qué entonces discuten e incluso hacen plantes al hablar de las primas por victoria. Si es tanto honor pelear por tu país, para qué hacen falta más incentivos.
Y, desde luego, y aquí volvemos al tema origen de esta digresión, si orgullosamente portas símbolos de tu país denotando tu amor incondicional al mismo pero luego resulta que le defraudas vilmente (“defraudar” en todos los sentidos, el económico y el emocional) al no cumplir tus obligaciones con él… eso me resulta repugnante.
Porque yo no le reprocho a Arantxa Sánchez Vicario el que haga todo lo posible para que los réditos de su esfuerzo se queden en su mayor parte en su cuenta bancaria. Si ella, o cualquier otro deportista, artista, etc., deciden que la carga impositiva de su propio país es demasiado grande y la ley les permite el buscarse otro regimen impositivo menos presionante… pues bien, allá cada cual. Lo que sí pido entonces es que se haga con todas las consecuencias. Que no me vengan luego con historias de amor por su país. Que cumplan con sus nuevas obligaciones en el nuevo país que les acoge. Que se dejen de simbolitos patrios y de concesiones a la galería…
Y es que además, en el caso de la señorita Vicario, parece ser que tributaba en Andorra aludiendo su residencia en ese país… cuando en realidad era una residencia virtual, porque su domicilio, su vida… seguían tan ricamente en Barcelona. Esto sí que es bonito. Como en este país se vive de pu… muy bien, vaya, aquí se queda uno… pero tus obligaciones fiscales van para otro. Esto es lo que más me duele de la actitud de una deportista a la que por otro lado nunca negaré su calidad y de la que siempre admiré su esfuerzo y trabajo sobre la pista… pero en este caso, bonica, como se dice vulgarmente, te han “pillao” con el carrito del “helao”… y me alegro, mira tú.
Por razones como estas, puedo alegrarme de la victoria de un compatriota, pero nunca apoyaré a alguien por el mero hecho de ser gijonés, asturiano o español como yo. A esa persona le pediría algo más. Y nunca he vinculado ni vincularé un orgullo patrio o de origen a una victoria deportiva, ni me creeré que los gijoneses, asturianos o españoles somos mejores porque uno de nosotros logre un triunfo.
El patriotismo y el deporte casan muy mal, me temo.
Adeu i bona sort.