Desde la primera olimpiada de la era moderna –Atenas, 1896–, esta alocución latina atribuida al Barón Pierre de Coubertin sintetiza el esfuerzo de los atletas olímpicos por llegar a ser considerados los mejores, los más rápidos, los más fuertes, los que alcanzan las cotas más altas. Hoy, el reconocido mundialmente como segundo mejor jugador del mundo, nos permite trasportarla al mundo del fútbol.
Más rápido
Me cuenta un amigo peñista de Madrid que los jugadores del equipo blanco están que trinan con el astro portugués. En declaraciones a los medios, Narciso Ronaldo viene sosteniendo desde hace tiempo su confianza el volver a ser elegido el mejor jugador del mundo. Resulta difícil oírle hablar de proyectos de equipo como ganar la champions o la liga, sin embargo son frecuentes las alusiones a sus esperanzas personales de resultar el máximo goleador o el jugador más valioso. Me cuenta mi amigo que sus compañeros de vestuario empiezan a estar hartos de sus prisas, de que Narciso reclame constantemente el balón para dirigirse en solitario a perforar la portería rival sin tener en cuenta al resto de jugadores. Sus desplantes con contrarios o con el público, como ayer en Bilbao, sus caras largas cuando es otro futbolista el que culmina molestan a los compañeros que tienen que jugarse la titularidad cada domingo. Ausente Pepe del vestuario, su único valedor, me cuentan que Narciso confiesa a sus íntimos que comienza a dolerle su soledad. Recientemente un estudio profundo de Enrique Ortego publicado en un diario independiente como el Marca lo señalaba, por sus dotes, mejor futbolista que el humilde Messi, al que un par de centenares de profesionales del balón, víctimas sin duda de canallas influencias, sitúan muy por encima del portugués, atendiendo tal vez a un detalle tan sustancial con el fútbol como el hecho estúpido de que se trata de un deporte de equipo.
Más fuerte.
Narciso Ronaldo es hoy imagen de Armani. Pronto su sonrisa nos deslumbrará desde la tele y sus pectorales nos inspirarán desde las vallas publicitarias de cualquier ciudad. El director del diario independiente suspira al verle. Ha sometido a un marcaje implacable al astro y gracias a ello puede participarnos que ese cuerpo es el resultado de mil flexiones diarias. Y por si teníamos dudas, Narciso nos ha dejado ves su escultural figura después de alguno de sus espectaculares goles. No importa que el gesto le haya ocasionado perderse algún partido importante. Narciso necesita contemplarse en el espejo popular de su público y ni Florentino ni el director del diario independiente tolerarán la más sutil crítica. Sólo sus compañeros agacharon la cabeza cuando después de engañar al árbitro para señalar un penalti inexistente y fallarlo a continuación, rechazó a reunirse con ellos para celebrar la consecución final de un gol que no llevaba su arrogante sello. Por cierto, ni fue penalti ni era legítima la posición del compañero goleador tras el rechace del portero; por otro lado, amedrantado tal vez por el poderoso y largo brazo de los valedores del portugués, el árbitro prefirió ignorar el reglamento y no lo expulsó como debía al agredir sin balón a un futbolista del equipo contrario.
Más alto.El eslogan olímpico ha inspirado al astro portugués hasta sus últimas consecuencias y llevado de ese legítimo orgullo de pretender ser el primero en todos los palos de la baraja, al ser designado recientemente por los directivos madridistas junto a Felipe Reyes y Raúl González para representar al club en los actos benéficos navideños, Narciso Ronaldo no lo dudó y posó con sus compañeros, poniéndose de puntillas para tratar de alcanzar la altura del pivot madridista. Me cuenta mi amigo peñista que ya se han cursado órdenes para que el próximo año la sección de baloncesto quede representada por un base o que, siguiendo el ejemplo de los atletas para los que inicialmente se acuñó el latinajo, se coloque un podio al que el orgullo de la raza pueda encaramarse para hacer resaltar sus pectorales para suspiro y solaz de sus incondicionales. Lamentablemente mi amigo el peñista prefiere mantener el anonimato, consciente de que los últimos tiempos vuelan dagas florentinas en Concha Espina contra quien ose recriminar a Narciso tan ególatra conducta.