martes, 5 de enero de 2010

El culé airado. La derrota de la palabra

Hoy debería ser día de comentar el importante, y presumiblemente interesante dada la entidad de los rivales, partido de copa que nos espera esta noche; de elucubrar qué alineación va a presentar Pep; de discutir, como propone Damsam en otro envío de esta página, sobre la conveniencia de que el Barça vaya a por todas esta temporada o que regule esfuerzos en Copa pensando en otras competiciones de más fuste… pero no. Basta leer la prensa para ponerse de mala hostia una vez más.

Igual es cosa de deformación profesional, pero no soporto cuando las palabras, el lenguaje, se saca de contexto, se pervierte, y los términos pierden su significado original y toda su fuerza. Me ocurre por ejemplo con los insultos y el lenguaje soez, que de tanto usarlos en circunstancias leves y sin mayor consecuencia, pierden su poder cuando son usados en aquellos casos en los que son realmente requeridos. Pero estoy divagando…

Una palabra que está perdiendo fuerza y que poco a poco va siendo despojada de la gravedad encerrada en su significado es “robo”. Lees la prensa deportiva, o los comentarios de los forofos más ultramontanos, y un arbitraje dudoso (o ya no pongamos claramente erróneo) se convierte en un “robo”. Como cuando un banco es atracado; o cuando se le quita la pensión a una viejecita (y aquí estoy siendo deliberadamente demagogo, que conste). O como cuando te cobran ciento por algo que solo vale uno. El arbitraje del Camp Nou el pasado sábado fue un “robo”. Por supuesto, “lo” de Stamford Bridge y el simpático calvo noruego deja en pañales el asalto al tren de Glasgow. Le pitan un penalty dudoso a Cristiano y echamos espumarajos blaugranas ante el “robo”.

Vamos a dejar aparte el gracioso hecho de que quienes más protestan ante el “robo” no sean precisamente las presuntas víctimas (estoy seguro de que, por ejemplo, se ha mentado más a la madre del noruego en la Brunete y aledaños mediáticos – o no –  que en el elegante barrio londinense que aloja al club de Abramovich) y seamos serios, ladies and gentlemen. Podemos hablar en estos casos de errores que benefician a un equipo concreto. O de canguelo (aquí sí) arbitral a la hora de tomar ciertas decisiones. O, incluso, si les apetece, de arbitrajes descaradamente favorables a unos o a otros.

Con todo, a ver si se enteran (nos enteramos) de que un robo es un delito. Un crimen. Acusable, demostrable y denunciable cuando se es testigo del mismo o se tienen pruebas. El abuso de la palabrita en cuestión la pervierte, la derrota, la vacía de contenido. Así que si estamos seguros que tras un arbitraje sibilino, o directamente perversamente favorable a alguien, se esconde un delito, actuemos en consecuencia. Inundemos de denuncias los juzgados. Llevemos ante la justicia a los criminales: al árbitro, sus asistentes, el comité que los designó para ese partido… Pero si todo lo que tenemos es la rabia más o menos contenida de que nuestro rival se ha beneficiado de la mala preparación del árbitro, o de su falta de cáracter, o de su desconocimiento del reglamento, o, sencillamente de su falta de visión en momentos concretos del partido… entonces apretemos los puños, quejémonos (por supuesto, el derecho al pataleo no nos lo debe quitar nadie)… pero llamemos las cosas por su nombre. Y sin pruebas de delito, un robo no lo son.

Sigo leyendo la prensa. Y aquí sé que me voy a meter en turbias aguas de la política. Pido perdón por adelantado. Pero es que cuando alguien tiene la boca suelta, acaba diciendo majaderías, o eso cree uno. Ha hablado Laporta. Para El Mundo, nada menos. Vamos a dejar aparte el hecho de que despliegue su incontinencia verbal en el templo de esa “caverna mediática” que tanto desprecia, y que tanto daño hace al Barça. Será el tópico ese de la política y los extraños compañeros de cama.

No, paso de eso y me centro en el tema. La derrota de la palabra. Ya no es bastante que el president, y algunos independentistas radicales en este país de nuestros pecados, lleven tiempo pervirtiendo las palabras “libre” y “libertad”. Que pidan llibertat, o una Catalunya lliure… cuando eso ya lo tienen o ya lo son. Que tenemos una democracia, imperfecta claro está, pero democracia, que les permite decir lo que les apetezca y obrar, dentro de la legalidad, como quieran. Lo que no son y no tienen, y quieren, es ser “indepedientes”. Quieren la “independencia”. Que no es lo mismo que “libre” y “libertad”. Cuidadito con el uso de las palabras, que las puede cargar el diablo… claro que me temo que ellos lo saben muy bien.

 Y ahora salta Joan con esa frase ridículamente rimbombante de que “El Barça encarna la épica que guía a la libertad a los pueblos sometidos”. Toma ya. O sea que como el Barça es, como decía Vázquez Montalbán, el “ejército no armado de Catalunya”, supongo que para Laporta esto equipara a Catalunya con paises sometidos al yugo de férreas dictaduras, o de leyes denigrantes. Y ya tenemos otra palabra derrotada y vaciada de contenido. “Someter”. Catalunya está sometida. Las cárceles del opresor estado español están llenas de patriotas catalanes que no pueden hablar su lengua, o propagar sus tradiciones, o proclamar a los cuatro vientos que quieren la independencia, que el Barça vuelva a ganar seis copas o jalarse un bocata de pernil i pa amb tomaquet.

No, senyor Laporta. Catalunya no está sometida. Más bien, digamos que en el estado jurídico actual, lo que pretenden usted y los que como usted piensan, es imposible. No pueden tener embajadas propias, ni selecciones nacionales en competiciones internacionales porque, aunque no les guste y lo acepten sólo como imperativo legal, son parte de una entidad nacional mayor llamada España. Y lo son (y no hablo ahora de historia, si no de lo que reflejan los resultados en las urnas desde hace treinta y tres años) porque la mayoría de los votantes catalanes así lo quieren al votar a fuerzas políticas que abogan por dicha integración. Cuando dé la vuelta a la tortilla, veremos qué pasa. Entonces igual me tengo que tragar mis palabras y, a lo peor, sí hay que usar el palabro. “Someter”. Pero entretanto… no le diré que deje de usar al Barça como plataforma de sus ansias personales, porque en un estado libre, puede usted, y debe, hacer lo que le venga en gana siempre que sea legal. Me guste a mí, o a Perico de los Palotes, o no. Pero cuidadito con pervertir las palabras, que luego las consecuencias no suelen ser agradables…

El lenguaje es un arma demasiado potente en manos de quien, voluntariamente o no, lo manipula y pervierte. No me gusta ver a la palabra derrotada.

Adeu i bona sort.
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